Introducción a las extravagancias temáticas de Bécquer

       

En toda su obra, vemos a un Bécquer semanasantalmente obnubilado, incapaz de detectar el espejismo religioso.

Introducción a las extravagancias temáticas de Bécquer

Resulta extremadamente sorprendente el afán religioso apabullante, el miedo terrorífico desbordante y la sepulcrosidad por doquier en que Gustavo Adolfo Bécquer se recrea a lo largo de toda su obra literaria, complementada ésta con una disposición confusa y enfermiza hacia el aspecto amoroso, en cuyo terreno muestra su obsesión por la mujer, llegando a hacer que sus personajes masculinos persigan a la figura femenina, sometida a un proceso de fantasmización, concibiéndola él, así, como un ser inalcanzable, irreal, como un ser fantástico, malévolo e inmaterial, incluso como un ser de pétreas formas escultóricas.

En toda su obra, vemos a un Bécquer semanasantalmente obnubilado, como buen sevillano, incapaz de detectar el espejismo religioso, al que, sin embargo, ensalza profusamente, una y otra vez, con sus exquisiteces descriptivas y estilísticas, con su mentalidad ignorante de la realidad.

Por mi parte, considero carentes de todo sentido lingüístico-existencial los palabros religión y muerte, en los que Bécquer, llevado de su ignorancia personal, se ceba, para desarrolllar situaciones extremas de alabanza religiosa y de horror que él genera en su propio santuario cerebral.

Este autor tardorromántico, no ve el castillo de naipes omnipotencial en el que se sustenta toda la espejísmica religiosa, capaz de “crear” el cielo, la tierra... y demás, pero incapaz de crear el increable e indestruible presente existencial ahoramísmico, e incapaz de crear el espacio existencial, increable e indestruible también, ni el increable no-espacio no existenciable, todo ello flagrantemente obviado bíblicamente, genésicamente.

Si pudiera ser (que no puede ser, en modo alguno), el espacio solamente podría ser creado a partir del inespacio (del no-espacio). Pero el espacio no puede no existir y, por tanto, el inespacio (el no-espacio, la nada) tampoco puede existir.

Todas las cosas ocurren en el marco espacial-ahoramísmico existencial, increable e indestruible.

Por otro lado, a la muerte, tan espejísmica como la mismísima religión, y que tanto fascina igualmente a dicho escritor, la envuelve éste en despojos mortales, en sudarios, en urnas, en nichos, en frecuentados cementerios, en sepulturas, en horripilantes tumbas innúmeras, en copiosos sepulcros horripilantes, sin percatarse él, al igual que en el tema religioso, de la inviabilidad existencial de la misma, toda vez que se trata de una culminación procesal químico-anímica, con el consiguiente desprendimiento del elemento químico que ha perdido enteramente su propia utilidad vital, pero no su preciado valor químico-existencial, sin que sea por ello, en modo alguno, materia corrupta.

Que no trate de buscar, pues, el amigo Bécquer, ni él ni nadie, resto mortal alguno en ningún cementerio, ni animal ni humano, ni en ninguna tumba, ni animal ni humana, ni en ningún sepulcro, ni animal ni humano, porque no lo va a encontrar por mucho que se esfuerce en ello, ya que en estos lugares no hay ni puede haber sino restos químicos, nunca mortales, desprendidos por sí mismos de cada ser existencial, tanto animal como humano.

En la obra de este autor, todavía queda otro palabro, aludido de pasada en el primer párrafo de esta Introducción, con las mismas carencias lingüístico-existenciales que los dos ya comentados, pero lo dejo en cartera para un comentario posterior, en este mismo trabajo literario.

Publicado el 29/9/2022 en Información

       

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